
31 Jul ¿Qué nos pasó con el futuro?
Hay una pregunta que los datos de veinte años del estudio Chilescopio hacen cada vez más difícil de ignorar. No es cuánto crece Chile, ni cuánto gana en promedio una familia. Es algo más esencial e inquietante: ¿los chilenos todavía se imaginan un futuro colectivo que valga la pena construir?
Los datos sugieren que esa imagen se ha venido apagando. Y esta tendencia importa más de lo que parece.
Las sociedades avanzan cuando pueden imaginar futuros mejores
Antes de mirar los números, vale la pena detenerse en algo que la investigación social lleva décadas documentando: la relación entre las imágenes de futuro que una sociedad sostiene y su capacidad real de desarrollo no es accesoria. Es casi causal.
El sociólogo neerlandés Frederik Polak fue quizás el primero en formularlo con claridad. En 1955, después de estudiar el ascenso y la caída de las grandes civilizaciones, publicó una tesis que sigue siendo uno de los argumentos más citados en los estudios de futuro: «El auge y caída de las imágenes de futuro precede o acompaña el auge y caída de las culturas.» Para Polak, el ser humano vive en dos mundos simultáneamente —el presente que experimenta y la imagen del futuro que lo orienta—, y ese segundo mundo no es un lujo intelectual. Es un motor de desarrollo. Una visión de un futuro deseable «tira» del presente como un imán. Cuando esa tensión existe, la energía social se organiza hacia adelante. Cuando desaparece, la cultura se contrae hacia el presente inmediato y pierde sentido.
El historiador Reinhart Koselleck llegó a una conclusión parecida desde otro ángulo. En su obra sobre la semántica de los tiempos históricos, propuso que el «tiempo histórico» surge de la tensión entre el espacio de experiencia —lo que una sociedad vivió y recuerda— y el horizonte de expectativa —lo que proyecta, teme o espera—. Cuando esa tensión es productiva, genera dinamismo. Cuando el horizonte se cierra o se vuelve amenazante, la sociedad se repliega sobre su pasado.
La conexión con el desarrollo no se quedó en la filosofía. Arjun Appadurai introdujo el concepto de «capacidad para aspirar»: la habilidad de imaginar formas de vida dignas de ser vividas y orientarse con confianza hacia ellas. Su argumento central es que esa capacidad no está distribuida de manera uniforme. Los más pobres, los más excluidos, los que han recibido señales sistemáticas de que su esfuerzo no cambia nada, tienen una capacidad de aspirar más débil. No por falta de deseos. Por falta de práctica de una proyección positiva del futuro.
El economista Debraj Ray formalizó esto en un modelo que hoy es referencia en economía del desarrollo: las aspiraciones moderadamente por encima del nivel de vida actual tienden a estimular la inversión y el esfuerzo; las aspiraciones demasiado bajas producen desinversión y frustración. La evidencia más directa viene de un experimento social realizado en aldeas rurales de Etiopía, donde mostrar a familias pobres documentales sobre personas similares que habían mejorado su situación por propio esfuerzo aumentó el ahorro, el crédito y la matrícula escolar de los hijos seis meses después. Un seguimiento posterior confirmó que los efectos se sostuvieron cinco años más tarde. Una hora de imágenes de futuro cambió conductas económicas reales.
Lo que toda esta investigación dice, en conjunto, es algo concreto: las representaciones colectivas de futuro no son el reflejo de lo que pasa. Son parte de lo que hace que pase en una sociedad.
El futuro personal: optimismo cada vez más debilitado y distribuido de forma desigual
Desde 2005, el estudio Chilescopio mide anualmente las actitudes, valores y percepciones de la sociedad chilena con una muestra representativa nacional. Lo que esta serie muestra sobre la visión de futuro es una historia que conviene leer con cuidado.
En 2018, el 81% de los chilenos creía que su vida a futuro sería mejor que la que tenía en ese momento. Ese porcentaje cayó a 71% en 2019, a 67% en 2020, y tocó fondo en 58% en 2022. En 2024 repuntó a 67%, pero en 2025 retrocedió nuevamente a 61%. No hay una tendencia de recuperación consolidada. Lo que hay es una oscilación en torno a un nivel persistentemente más bajo que antes de la pandemia.
Las diferencias por segmento importan. Las mujeres tienden a ser más optimistas que los hombres: 65% versus 57%, una brecha de 8 puntos. Por edad, la distancia es aún mayor: los jóvenes de 18 a 29 años son los más optimistas —77% espera una vida mejor—, mientras que los mayores de 60 a 65 años apenas llegan al 49%. Esa brecha de casi 28 puntos habla de mundos distintos dentro del mismo país: los jóvenes todavía proyectan con fuerza, los mayores son más pesimistas sobre su propio futuro.
Por nivel socioeconómico, en cambio, la diferencia es más pequeña de lo que se esperaría: 66% en el C1 versus 62% en el D. Esto demuestra que el debilitamiento del optimismo no es un fenómeno concentrado en los sectores más vulnerables. Es bastante transversal.
El futuro financiero: la tranquilidad que se fue y no volvió
Si el optimismo vital muestra un deterioro moderado, la visión del futuro financiero muestra algo más nítido: una pérdida que no se ha recuperado.
En 2017, el 30% de los chilenos declaraba estar tranquilo respecto a su futuro financiero. Ese fue el máximo histórico. Desde entonces la caída fue pronunciada y sin retorno claro: 14% en 2019, 14% en 2020, 15% en 2022 y 2023, 18% en 2024, y de vuelta a 15% en 2025. Ocho años después del máximo, la tranquilidad financiera futura sigue siendo la mitad de lo que era.
Las diferencias entre grupos son aquí más marcadas que en el optimismo respecto del futuro de la vida personal. Por género, las mujeres muestran mayor preocupación financiera que los hombres: el 32% de ellas está muy preocupada por su futuro financiero, frente al 26% de ellos. Por nivel socioeconómico, como era de esperar, la diferencia es significativa: en el segmento D, el 38% está muy preocupado, frente al 20% del C1. Pero incluso en el segmento más acomodado, solo el 22% se declara tranquilo respecto a su futuro financiero. La ansiedad económica futura es, con distintas intensidades y referencias, un fenómeno que recorre toda la estructura social de nuestro país.
La ansiedad: el resultado acumulado
Los dos indicadores anteriores confluyen en un tercero: la presencia de ansiedad, estrés y desánimo en la vida cotidiana. En 2025, el 42% de los chilenos experimenta preocupación o ansiedad casi siempre o con bastante frecuencia, el 38% se siente estresado y agobiado con esa misma frecuencia, y el 33% está desanimado o deprimido de forma regular. Son niveles que se han mantenido altos y estables desde 2021, sin señales de mejoría.
Las diferencias por segmento son consistentes y significativas. Las mujeres registran mayor ansiedad frecuente que los hombres: 45% versus 39%, una brecha de 6 puntos que se mantiene año tras año. Por edad, los jóvenes de 18 a 29 años concentran el mayor nivel de ansiedad frecuente: 54%, frente al 36% de los mayores de 60 a 65 años. La brecha es de 18 puntos. Por nivel socioeconómico, el segmento D registra el nivel más alto: 50% de ansiedad frecuente, frente al 36% del C1.
El dato generacional merece atención. La generación que debería ser el motor del futuro es la que vive el presente con mayor ansiedad. Y la paradoja se profundiza cuando se cruza con el optimismo personal: los jóvenes son simultáneamente los más optimistas sobre su vida futura y los más ansiosos en su experiencia cotidiana. Proyectan mejor, pero viven el presente bajo una tensión que los datos muestran con claridad.
Las expectativas de cambio: un diagnóstico compartido sin proyecto común
El cuarto indicador ilumina la dimensión colectiva. Ante la pregunta de cuántos cambios necesita Chile para mejorar el bienestar de las personas, el 63% en 2025 responde que «muchos cambios». Ese porcentaje ha oscilado entre 62% y 71% desde 2018. Es decir, una mayoría consistente y transversal percibe que el país requiere transformaciones profundas.
Las diferencias por segmento revelan algo importante sobre quién siente más urgencia. Las mujeres demandan cambios profundos con más fuerza que los hombres: 66% versus 60%. Y por edad, la relación es inversa a lo que podría esperarse: son los mayores de 60 a 65 años quienes más exigen muchos cambios (72%), mientras que los jóvenes de 18 a 29 son los que menos lo hacen en términos relativos (52%). Los que tienen más experiencia acumulada de un país que no cambia suficientemente son los que con más fuerza piden la transformación.
Por nivel socioeconómico, la diferencia es prácticamente inexistente: 61% en el C1 y 60% en el D. Así, la demanda de cambio del país es uno de los pocos indicadores genuinamente transversales —de género, edad y clase— que el estudio registra.
Pero aquí aparece una paradoja. La demanda de cambio es alta y estable. Sin embargo, esa demanda convive con niveles mínimos de confianza en las instituciones, en otras personas y en el modelo del país. Lo que ese cruce describe no es una sociedad que ha perdido la capacidad de querer un futuro distinto. Es una sociedad que quiere algo diferente, pero que no logra articular ese querer en un proyecto colectivo creíble. El diagnóstico es compartido. El relato de la solución, no.
¿Por qué se instaló esta mirada más pesimista del futuro?
No hay una causa única, pero los datos permiten identificar algunas claves que se retroalimentan.
La primera y más directa es el deterioro sostenido de la percepción de calidad de vida en el período post-pandémico, que ha golpeado desde múltiples frentes de forma simultánea. La evaluación de la situación económica personal como «buena o excelente» cayó desde niveles cercanos al 53% entre 2016 y 2018 hasta un mínimo de 36% en 2022. En 2024 se recuperó al 44%, pero sigue más baja que en cualquier año anterior a 2020. Y esa recuperación parcial no se ha traducido en una mejora equivalente en las expectativas: los chilenos han visto que su situación puede mejorar un poco, pero no han recuperado la confianza en que vaya a mejorar de manera sostenida.
Lo que hace especialmente compleja esta situación es que la presión no vino de un solo frente. La pandemia instaló incertidumbre y restricciones; el proceso constituyente prolongó durante años la sensación de que el modelo del país estaba en disputa sin resolución; la inflación y el alza del costo de vida deterioraron el poder adquisitivo real de las familias; y el aumento de la inseguridad pública se sumó como preocupación cotidiana a todas las anteriores. Ninguno de estos factores por sí solo habría bastado para producir el nivel de pesimismo que los datos muestran. Su acumulación sí.
El resultado es que el 56% de los chilenos vive hoy al límite o no logra llegar a fin de mes. Cuando administrar el presente se convierte en una tarea agotadora, el futuro queda postergado. No porque la gente haya dejado de desear cosas mejores, sino porque el horizonte se acortó. Cuando la distancia entre donde estoy y donde podría estar se vuelve demasiado grande, la inversión en el futuro deja de parecer racional.
La segunda clave es la percepción de que la meritocracia no funciona. Solo el 18% de los chilenos cree que todos tenemos las mismas posibilidades de progresar. Cuando ese número cae tan bajo, el esfuerzo individual pierde su lógica narrativa. Si el resultado no depende de lo que hago sino de quién soy o a quién conozco, el horizonte de expectativa se cierra. El futuro deja de ser un espacio que uno construye y pasa a ser algo que simplemente ocurre.
La tercera, y quizás la más importante para entender la profundidad de este fenómeno, tiene que ver con el tiempo. El proceso de deterioro fue largo y provino de múltiples fuentes. Eso genera en la población una percepción —que los datos respaldan— de que no se va a salir de esta situación rápidamente. No hay un evento único cuya reversión permita volver al punto anterior. Hay una acumulación de erosiones que no tiene un momento de inicio claro ni una solución obvia. Y esa sensación de que el problema es estructural, no coyuntural, es quizás el factor que más daña la imagen de futuro: no es que las cosas estén mal ahora. Es que la gente no ve con claridad cómo se va a salir de esta situación, ni en qué plazo.
El país que no sueña junto no puede avanzar junto
Wendell Bell definió el propósito de los estudios de futuro como «descubrir o inventar, examinar y evaluar, y proponer futuros posibles, probables y preferibles.» El futuro preferible —lo que debería ser— es el que moviliza. El que convoca. El que transforma la energía individual dispersa en proyecto colectivo.
Chile tiene los recursos materiales, naturales y técnicos para continuar desarrollándose. Lo que los datos de Chilescopio dicen, con creciente claridad a lo largo de veinte años, es que le falta algo más escaso que el capital físico o humano: cohesión social suficiente para canalizar lo que tiene hacia objetivos que la mayoría pueda reconocer como suyos.
El repliegue hacia lo privado y lo inmediato que los datos describen no es egoísmo. Es una respuesta adaptativa perfectamente racional ante un entorno que ha dado señales persistentes de que lo colectivo no funciona, de que confiar cuesta caro, y de que el esfuerzo individual no garantiza movilidad. Pero esa respuesta individual racional produce a nivel agregado el resultado que más obstaculiza el desarrollo: una sociedad donde nadie invierte en el futuro compartido porque nadie cree que ese futuro tenga probabilidades reales de materializarse.
Polak argumentaba que cuando las imágenes de futuro de una sociedad son positivas y vitales, las sociedades florecen. Cuando decaen, no solo se detiene: retrocede. Porque la energía que antes se destinaba a construir se destina ahora a proteger.
Chile necesita reconstruir su imagen de futuro colectivo. No como ejercicio de marketing electoral ni como campaña de optimismo inducido. Sino como tarea política y cultural de primer orden: construir los relatos, las experiencias y las instituciones que permitan que una mayoría de chilenos vuelva a verse reflejada en un proyecto compartido que valga la pena perseguir.
Eso requiere liderazgo. No el liderazgo que administra el presente con destreza —ese es necesario pero insuficiente—. Sino el liderazgo que se hace cargo de la pregunta más difícil: ¿hacia dónde vamos juntos, y por qué vale la pena el esfuerzo por alcanzarlo?
Barbieri Masini sostenía que las visiones de futuro no son un lujo de las épocas prósperas. Son una necesidad de las épocas difíciles. Porque sin ellas, las sociedades no tienen hacia dónde movilizarse, aunque tengan los medios para hacerlo.
Los números pueden mejorar solos, con tiempo. La capacidad de soñar colectivamente no se recupera sola. Alguien tiene que encender la chispa. Y ese alguien, en una democracia, son los que lideran.